domingo, 15 de noviembre de 2020

¡PERÚ, BASTA YA !

 

 

¡PERÚ, BASTA YA!

 

1ª PARTE ¿CÓMO  PERÚ HA PODIDO LLEGAR A ESTAR COMO ESTÁ? (Viernes 13 de noviembre de 2020)

 

Esta pregunta es a todas luces equivocada. El Perú no podía llegar a ser otra cosa. Figúrese usted que la última vez que se votó por un presidente[1] que no acabara enjuiciado por ladrón fue hace 40 años. Si consideramos que ese votante tenía por lo menos 18 años, hoy tendría 58. Es decir: todos los peruanos menores de  58 años siempre han visto elegidos a presidentes que han sido encausados por saquear al país. Créanme que esto no es una pirueta aritmética, esto indica que la corrupción está enraizada en el país. La imagen de un presidente corrupto una y otra vez ha terminado en calar en nuestros huesos. ¿Qué no es cierto? Miren cuánto respaldo tiene todavía el clan Fujimori. Y no solo él. También tiene seguidores el partido de Alan García,  y el de Humala. Hasta PPK, Vizcarra y Toledo, el indio traidor de su raza, tienen seguidores. Pero hay más, fíjense  en el nuevo presidente Manuel Merino mafioso como todos los congresistas que lo han elegido. ¡Qué horror de país!

 

Tomo aliento para seguir….

 

Lo triste es que estos miserables mandatarios han podido gobernar a sus anchas gracias al poder económico de turno que viene manejando a su antojo el país desde siempre. Y cuando hablo del poder económico de turno me refiero no solo al gran capitalista explotador de nuestras riquezas naturales que contaminan tanto el ambiente como la conciencia de los líderes nacionales, provinciales, municipales y sindicales. También me refiero al poder que ejerce alguien con mucho o poco dinero sobre aquel que tiene menos o que no tiene. O sea que hablo tanto del empresario, el gerente, el jefe de un departamento, como de la señora ama de casa que trata a la “chola” de mala manera, le escatima la comida y le paga un sueldo miserable.

Esto no es nuevo, siempre ha sido así. No tenemos el menor respeto por el otro. Y esto se manifiesta en las actividades que realizamos, desde el tráfico vehicular donde nadie cede un milímetro para dejar pasar al compatriota  ni en el trato déspota que se da al humilde paisano.

 

No se crea que los miserables presidentes y funcionarios que hemos tenido han llegado allí  por mérito propio, ni crean que lo que han robado, siendo mucho, ha sido enorme. No señor, todo lo que han robado y roban toda esa sarta de políticos y jueces  es poco comparado con los ingresos ilegales que obtienen los grandes capitalistas. Abran los ojos, carajo, y disculpen la grosería pero no me sale un improperio más decente como cáspita o recórcholis. Hay cosas que te hacen escupir sangre.  Decía abran los ojos. Un pequeño ejemplo son las inmensas ganancias que ha obtenido una empresa brasilera asociada a un conocido consorcio peruano  para conseguir gigantescas obras públicas. He dicho pequeño ejemplo, porque las coimas siempre han existido.  ¿No entienden lo que es siempre? Sí, siempre, toda la vida. Y las han recibido funcionarios tanto del gobierno central como los de la más diminuta municipalidad de provincias. Y no digamos el mal que han hecho y hacen tanto las compañías mineras como la minería informal, que empobrecen todo lo que va a su paso. ¿Qué no? Miren la Oroya o cualquier otro asentamiento minero legal o informal. ¿No son acaso esos pueblos los más feos, los más pobres y los más contaminados del mundo?

¿Y los bancos?  ¿cómo es posible que el mayor banquero del país confiese haber entregado 3 millones de dólares a una líder política y todavía ande libre y ufano por la calle? No, hombre. Eso es una vergüenza. No hay un maldito juez que investigue a ese personaje y lo meta en la cárcel por ocultar su patrimonio. ¿Si regaló 3 millones de dólares cuánto más debe tener oculto? ¿Cuánto dan por debajo de la manga los banqueros  a los partidos políticos para que no se metan con ellos, cuyos intereses por las tarjetas de crédito pasan el 100% al año? ¿Y el precio de las medicinas no es acaso una de las más caras del mundo? Y no me digan que no porque esto lo conozco desde dentro.

 

Toda esta práctica corrupta ha llegado a superarse a sí misma con la última cochinada que ha hecho el congreso. En efecto, ahora los corruptos con total desfachatez han elegido presidente del Perú a uno de su calaña, lo que ha provocado que se levanten manifestaciones que desgraciadamente acabarán por extinguirse y los mafiosos continuaran engañando a los peruanos en toda clase de actividad en la que se metan, desde el aumento de universidades infames que enriquecen a políticos conocidísimos, hasta otorgamientos de contratos de obras públicas infladas por coimas. Y como si no fuera poco están listos para otorgar amnistía a colegas suyos. Además se asegurarán impunidad nombrando jueces corruptos que no investigarán nada. ¡Bravo, no nos ganan!

¿Y el pueblo por qué no se levanta y echa a patadas a los recontra conocidos corruptos? Pues alguien dirá que el pueblo sí protesta, y nos mostrarán fotos y videos de indignadas personas que se atreven a manifestarse en contra del usurpador presidente de turno. Pues sí, hay que aplaudir y apoyar a los manifestantes, pero temo que dure poco tan encomiable  esfuerzo.  Ojalá que no pase como otras protestas, ojala. Ojala que por fin se diga BASTA YA. 

El asunto ahora es complicado. No podemos confiar en este Congreso que tiene 68  de sus 130 congresistas procesados por corrupción.

 

¡Ah, esto pasará,  dice el próximo candidato, vienen pronto otras elecciones.! ¡Ah, qué ingenuos¡ Nuevas elecciones hemos venido escuchando desde que tenemos uso de razón y no ha pasado nada.  ¿Entonces no hay salvación?  Sí la hay: mejoremos  drásticamente la educación. Pero nadie está dispuesto a invertir en ello. Es peligroso. Un pueblo educado es una amenaza al sistema.

 

Herbert Morote

13/11/2020

 

 

 

 



[1] Los 8  meses en los que estuvo Paniagua de presidente no cuentan porque él no fue votado para la presidencia sino electo por el Congreso por ausencia del presidente y vicepresidentes. El último, Vizcarra, fue elegido vicepresidente con derecho a sustituir al presidente como llegó a suceder.

sábado, 17 de octubre de 2020

EL CADAVER EXQUISITO DE "CARETAS"

 

EL CADÁVER EXQUISITO DE CARETAS

 

por César Hildebrandt

 

Hildebrandt en sus Trece (Lima), no. 511, Lima, viernes 16 de octubre de 2020

 

 

Se ha muerto Caretas de vejez y soledad. Es decir, de muerte natural.

 

Fue el lugar donde empecé a amar lo que había hecho hasta ese momento para ganarme la vida. Fue el lugar donde contraje el covid invencible del periodismo. Fue el lugar donde pude trabajar 12 horas diarias sin chistar y 36 horas seguidas sin dormir. Entré a los 23 y fui su jefe de redacción durante demasiados años.

Caretas ocupaba unas oficinas malévolas en Camaná 615, al 308. Se subía por un ascensor que olía mal y hacía sonar sus cables y se llegaba al local donde Enrique Zileri hacía posible que el periodismo fuera algo más aventurero y mejor escrito.

 

 

Pero Caretas era quincenario y ese era un problema serio. Nuestras notas se avejentaban antes de tiempo y las que se imponían en los días previos al cierre debíamos hacerlas a prisa y sin recursos. Era un desastre. Fue el que escribe estas líneas, como se decía en el siglo pasado, quien convenció a Zileri de que debíamos ser un semanario y fajarnos cada día para mantener la temperatura de los vivos. No más inactuales zombis, entonces. No más fotos demandando leyendas que se hacían pasar por reportajes minimalistas. No más pesadas columnas de señorones. Pero, eso sí: siempre alguna calata. Y para siempre el humor, el recurso a la ironía, el ingenio en salsa criolla que era lo que Zileri le había dado a Caretas. Y mucha chamba, zafarrancho de combate, plazos que se cumplían como partos, sinfonías de carajos, humo de tabaco y ninguna droga recreativa.

A Caretas uno entraba a envejecer, a buscarse un infarto, a hacer doscientas llamadas telefónicas para confirmar un dato o chequear el dicho de una fuente. Era el placer febril de unos putos que tenían la fe de los benedictinos y escribían con dos dedos, y a toda velocidad, sobre sus máquinas Olympia. Eran los tiempos maravillosos en los que no había celulares ni computadoras ni wikipedias ni la virtual baratura enciclopédica que ahora puede mostrar como informado (y hasta culto) a cualquier palurdo. Si no te habías quemado las pestañas en la juventud tragando libros como un huésped de manicomio, fregado estabas: se iba a notar en las reuniones de producción, en tu mirada bovina ante el comentario de una obra, en cómo diablos usarías los modos subjuntivos. No estaba Google en tu telefonito para sacarte de un apuro mientras finges ir al baño y vuelves con la respuesta ilustrada.

 

 

En Caretas éramos pocos, muy pocos, muy pobres, y hasta la abuela paría. La abuela era Doris Gibson, esa mujer subida de tono que había sido amante de Sérvulo Gutiérrez, compañera de Francisco Igartua --el orden nunca lo supe bien-- y madre de Enrique después de haber tenido un asunto de polendas con un diplomático argentino apellidado Zileri y estacionado en Lima. Doris había dominado el mundo de la publicidad, la moda, el recurseo del más alto nivel y había fundado Caretas junto a Francisco Igartua, el entrañable vasco misterioso y ajeno que jamás fue feliz. Doris puso el punche financiero y Paco Igartua puso el periodismo. Cuando Zileri regresó al Perú después de vivir en los Estados Unidos, país que atravesó en moto y con el billete medido y donde después trabajó en una agen­cia publicitaria, Igartua sintió que las cosas se ponían difíciles y se fue de Caretas. Allí fue que refundó Oiga, que era más vieja y que tenía mucho más de política y cultura. Cuando yo llegué a Caretas la mejor época de Doris había llegado a su fin y lo que había en ese entonces era una guerra de madre y señor mío.

 

Doris bajaba desde su octavo piso legendario, donde se hacían las fiestas de espérame en el suelo, corazón, si es que te vas primero, y entraba con su paso de duquesa y su vestir elegante y la belleza antigua que definía sus facciones.

 

Muchas veces entraba a inspeccionar sus dominios en son de paz y hasta con una sonrisa que repartía del modo más equitativo posible. En otras ocasiones, sobre todo cuando había bebido más de un whisky, caminaba haciendo tocar sus tacones lejanos y se en­cerraba con su hijo a librar las batallas que sólo Max Hernández habría podido moderar. Parecían odiarse, pero yo sé que se amaban. Era el amor contuso de un niño que fue enviado a Chile a estudiar en un liceo y el de una madre que, de algún modo, se sentía culpable por haber sido tan distante. El pretexto para pelear no escaseaba nunca, pero el que más los enfrentaba era el tono de las páginas sociales, que debía ser el coto cerrado de Doris. Enrique quería que allí se contaran las cosas que de eras sucedían en el mundo de los espectáculos, los eventos fiesteros o culturales y la farándula. Doris tenía decidido que en esas páginas, bautizadas como Ellos y Ellas, reinarían siempre sus amigas con sus respectivos anexos. Cuando las voces llegaban a ser horrísonas, se mandaban recíproca­mente a la mierda. Y cuando Gettysburg era moco de pavo y el bombardeo de Dresde poca cosa, entonces se mentaban la madre. Pero este hijo matricida y esta madre filicida se querían. Lo que pasa es que habían entendido, en algún recodo de alguna pesadilla vagamente edípica o incestuosa, que el amor podía ser cruel, intermitente, procaz. Ambos amaban el espectáculo de los toros y ambos estaban seguros de que el amor podía parecerse al ciervo que está en la mira de un ca­zador y escapa a último momento. El amor continuo debía parecerles un aburrimiento. La placidez, una tentación mediocre.

 

 

Pero allí estaba Caretas, cada día mejor. Dictábamos la agenda, no me digan, y éramos la envidia de la compadrería churrupaca. Llegamos a vender 50,000 ejemplares con la entrevista exclusiva a Velasco Alvarado y otros 50,000 con el fusila­miento del suboficial Julio Vargas Garayar, espía chileno enquistado en la FAP. Aprendimos que en pe­riodismo no vale que la historia la cuentes sin gracia, como si de una ayuda memoria se tratara. La mejor de las pepas podía ser asesinada por un sicario del idioma. Era la histo­ria, es cierto, pero también el modo como se contaba. Aprendimos lo básico, lo más olvidado hoy por la prensa en harapos: que el instrumento del periodista es el lenguaje. De modo que todos íbamos al teatro de Caretas a cumplir nuestra función de jazzeros, a ver quién podía impro­visar mejor, a quién le tocaba esa semana el aplauso mayor. Sí: era una deliciosa y feroz competencia de alumnos pretenciosos de Charlie Parker. Y todos éra­mos músicos del mejor idioma que pudiésemos solfear. Cuando teníamos una duda --y vaya que las teníamos a mares-- nuestra última opción era César Lévano, que hacía del chamán yaqui de Sonora que ilustró a Carlos Castañeda sobre el arte de la sabiduría. Lévano cogía la cuartilla, pensaba un instante, hacía una pregunta y daba su veredicto. Nadie jamás le discutió algunas de sus sentencias. Eso era Caretas: la inteligencia antes de que esta fuera artificial. Pero era más que eso: fue la escuela de la investigación, del dato contrastado, del cruce de fuentes, y dejó también el legado de que el pe­riodismo no es tal sino es visto con el ceño fruncido por el poder. Todo esto sin perder la perspectiva divertida de las cosas, la sonrisa escéptica frente a las solemnidades y los desmanes de la vanidad.

 

Caretas ya no está. Un poco de nosotros se ha desvanecido con esa desaparición. Parte de mi memoria se ha ido en ese remolino de papeles que la muerte ha soplado.

 

viernes, 6 de diciembre de 2019

HILDEBRANDT SOBRE KEIKO

KEIKO FUJIMORI EN LIBERTAD

por César Hildebrandt

Hildebrandt en sus Trece (Lima), no. 470, viernes 29 de noviembre de 2019


Nos merecemos a Keiko Fujimori.

Nos merecemos a Chávarry.

Nos merecemos a Ernesto Blume.

Nos merecemos a Luis Castañeda, al Congreso que reconstruiremos en enero próximo, al Jurado Nacional de Elecciones tramposo.

Nos merecemos a Pedro Olaechea, a Ollanta Humala y señora, a la televisión que pudre, a la radio del guarapo, a la prensa aturdida por el miedo.

Sí, merecemos estas penurias. Son las que toleramos, las que seguimos permi­tiendo.

Algo de chancaca hay en nuestro carácter. Un dulzor horrible nos hace beatos, sirvientes, obedientes, ujieres, churrupacos, agachados y rastreros.

Y esta semana el club del delito, al que pertenecemos obligatoriamente por haber nacido en estas tierras, ha vuelto a tener un éxito loco.

Keiko está libre. Volverá a asustar testigos, a borrar huellas, a desaparecer documentos, a perder libros contables, a cambiar declaraciones y a inventar cócteles. Volverá a fingir que está en la política cuando, en realidad, lo que dirige es una organización presta al delito, digna heredera de aquel padre ladrón que compraba opositores e in­demnizaba a Montesinos con dinero encostalado disponible en Palacio. La ayudará el Poder Judicial que ha exi­mido a Pedro Chávarry. Colaborará con ella el lado de la Fiscalía que Cé­sar Villanueva ya había infectado.

La seguirán ayudando los empresa­rios miserables que amaron a Fuji­mori porque él convirtió al Estado en fantasma y a los sindicatos en espectros y a la justicia en la dama de la noche que sigue siendo. No es un país el que necesitan esos señorones: lo que quieren -y qui­sieron siempre- es una hacienda con leyes propias y cárcel adjunta.

Y eso es lo que el Perú seguirá siendo: una hacienda donde Rober­to Abusada es el gurú de la economía y Villa Stein el jurisconsulto de moda. No aspiramos a más. Para qué. Sería como interrumpir la siesta ventral que tanto nos gusta y que dormimos desde hace dos siglos.

Cuando vuelvo a la historia del Perú, allí están las mentiras que sustentaron la ficción de país que fabricamos desde la autocomplacencia más patética. Naci­mos con una doble traición --la de Riva Agüero, la de Torre Tagle--, nos inde­pendizaron a la fuerza y convertimos a Bolívar en "dictador vitalicio" y proba­dor de mujeres, nos corrompimos por vocación. Leer a Alfonso Quiroz es un deber. También lo es leer a Emilio Ro­mero. Basadre, aunque tibio, es el autor del extenso obituario de este país fallido que habrá de celebrar el bicentenario de lo que pudo ser.

Si Cioran hablaba de un universo aquejado de inutilidad, este columnis­ta, modestamente, podría hablar de un país que resume la derrota de la teoría del progreso.

Miren a su alrededor. ¿Este caos es lo que nos propusimos ser? ¿Esta vulgaridad fue nuestro proyecto? ¿Esta abyección fue nuestro sueño? ¿Este olor a hediondez es lo que esperábamos?

Mientras el Tribunal Constitucional le concede a la señora Fujimori el dere­cho de seguir complotando, presencial­mente, en contra del proceso que por lavado de activos tiene abierto, se presenta el libro del hombre que se mató cuando todas las pistas conducían a sus bienes malhabidos y a sus cuentas de hollín en trance de viudez. Y se presenta como el testimonio de un cuasi mártir de la democracia y del abuso judicial. La suya será otra mentira fundacional. Vivimos de mentiras. Vivimos para mentirnos.

Decimos que tenemos ins­tituciones. Mentira. Las ins­tituciones no son abstrac­ciones y en el Perú gran parte de ellas han sido desquicia­das por haber sido secues­tradas por la delincuencia. Miren en qué acabó el Conse­jo Nacional de la Magistratu­ra. Pregúnten­le al "tribuno" Ramos en qué club de alter­ne celebrará la liberación de Keiko Fujimori y por qué esgrimió el argumento del cierre del Congreso para sostener su voto. Recuerden qué fue el "parla­mento" que Vizcarra tuvo que cerrar por razones respiratorias. Miren a los Cuellos Blancos y entérense qué puede ser la judicatura (a pesar de que el in­formante Uceda quiera limpiar al capo Hinostroza). No se hagan los locos: re­visen la lista de candidatos al Congreso de enero y díganme si de esos nombres puede salir la esperanza de un cambio.

¿Qué quiero decir? ¿Que estamos condenados? Sí, eso es precisamente lo que quiero decir.

Estamos condenados porque he­mos permitido que la plutocracia y sus trovadores mediáticos nos instalen en este sopor. A la plutocracia y a los pavos reales de su narrativa les interesa que el Perú siga siendo lo que es: un prefacio de país, un terral donde la barbarie se impone, un gran silencio.

La plutocracia y sus hechiceros in­sisten en que no debemos cambiar la Constitución-Candado impuesta por el corrupto fujimorismo. Le interesa a la plutocracia que "lo privado" sea beatifi­cado y que "lo público" se someta siem­pre a sus inquisidores. La plutocracia gobernante aspira a que el fujimorismo de 1992 dure mil años, como Hitler pre­tendió que durara su reino de terror.

Y ya es tiempo de parar esto.

Chile empieza a librarse de las ca­denas del pinochetismo. Honor a su gente. Honor a sus protestantes. Bienvenida la nueva república que en Santiago comienza a asomar. No necesitamos incendiar el país para empezar a cambiar. Bas­taría, por ahora, con no votar por la podre. La podre es el fu­jimorismo, la derecha siempre vencedora y cutrera, los empre­sarios del aceite. Sería un buen comienzo. Lo demás consistirá en jalar la cadena y ver que en ese remo­lino liberador se va nuestra debilidad, nuestro estoicismo, nuestra condición de hipnotizados. La libertad puede em­pezar en el váter.

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jueves, 4 de julio de 2019

"HILDEBRANDT EN SUS TRECE".


 “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” 
Revista semanal. Edición Nº 450. Viernes 21 de julio de 2019

Cuellos blancos de la cultura
César Hildebrandt

Un escritor plagia decenas artículos periodísticos y los envía a diferentes medios. Son buenas crónicas, comentarios audaces, prosas imaginativas, temas variados, intereses de actualidad. El escritor se llama Alfredo Bryce Echenique y es peruano.
Enfrentado a la evidencia indiscutible, el escritor lo niega todo y dice que todo se ha debido a un error de su secretaria, que ha confundido los archivos y ha enviado por correo los que no debió enviar.
Cuando alguien le recuerda que ni siquiera ha tenido secretaria en los tiempos del plagio sistemático, el escritor dice que se trata de una conspiración política, que los fujimoristas han creado una calumnia porque él siempre los ha retado.
Cuando alguien busca en los archivos los artículos que Bryce debió escribir en contra de Fujimori y su pandilla, los pronunciamientos altivos que el escritor lanzó en contra de la dictadura que todo lo pudrió, no encuentra nada. ¿Dónde los publicó? ¿En qué fechas? ¿Quiénes los leyeron? La respuesta es el silencio. La verdad es que el escritor jamás se distinguió por haber combatido a Fujimori.
Descubierto una vez más en sus mentiras, el escritor guardó un hermético silencio. Eso no fue suficiente. Lo cierto es que las publicaciones que recibían con placer y expectiva sus colaboraciones –ahora contaminadas de sospecha- dejaron de hacerlo.
La única salida para Bryce era admitir la verdad. Hubiera sido fácil perdonar a un escritor tan carismático que confesara, por ejemplo, que se apropió de textos ajenos porque jamás creyó en eso de la propiedad individual de la escritura, que la cultura universal es una masa donde las jurisdicciones son borrosas, las autorías son discutibles y los cotos personales son gestos de egoísmo pequeñoburgués. El crítico Julio Ortega salió a defender al escritor con una tesis radical que era una especie de manifiesto comunista en torno a la propiedad intelectual.
Hubiera sido fácil perdonar a un escritor de obras importantes y entrañables que nos dijera que lo que pasó fue una expresión de crisis y debilidad y que ante el ultimátum de las fechas de entrega y los compromisos tomó como suyos -aunque eso fuese a la larga imperdonable- textos que él mismo habría podido escribir, textos que resumían su pensar y su sentir, textos que habían anticipado lo que él habría escrito alguna vez. Digamos que la explicación habría sido mágica, pero el perdón habría sido inevitable. El perdón, la conmiseración y el reconstruido respeto. El humanísimo pecado, una vez admitido, pasa a los fueros de un olvido generoso.
Pero la historia fue otra. Ensimismado en su cinismo de falaz estirpe aristocrática, el escritor jamás pidió perdón, jamás dio explicaciones y atribuyó a la envidia de un sicariato fantasmal el expediente de sus plagios que, para entonces, había llegado a 36 casos absolutamente comprobados.
Entonces vino lo de la Feria del Libro de Guadalajara y el escándalo estalló. Los ciento cincuenta mil dólares del premio que sus amigos le habían concedido tuvieron que ser entregados en Lima, entre gallos y medianoche, después de la protesta moral de un grupo de escritores mexicanos.
Ahora resulta que el escritor pide permiso para retirarse. Y lo hace con un libro dictado, esta vez sí a la secretaria de un aventurero, que no lo honra, que nada tiene que ver con el brillo de sus novelas y la frescura de sus cuentos. Es una despedida patética que Bryce no merecía. Es el negocio colateral de alguien que vio en este adiós forzado una gran oportunidad de hacerse con un botín crepuscular.
El escritor, visiblemente cansado de ser expuesto como mercancía, da entrevistas en las que la única pregunta que está previamente vedada es aquella que habría sido inexorable en una sociedad que trata de infundir valores. El escritor confunde tiempos, inventa, como en el libro oral que acaba de ser lanzado, y vuelve a decir que fue un perseguido de la política, una víctima de algún complot.
¿Qué lección le damos a los jóvenes que intentan acercarse al mundo de la cultura en esta Lima que se cae a pedazos? Una muy sencilla, veterana, tan vieja como la república de pacotilla que intentamos fundar hace 200 años: en nuestro medio la impunidad es un privilegio de algunas castas, la amnistía social es una salida práctica a los problemas de nuestros “iguales”, la sinvergüencería es un modo de ser nacional. ¿Cuál es la diferencia entre la política, tan venida a menos, y las mafias culturales que deciden quiénes son intocables y quiénes réprobos? ¿De qué modo aquello de hablar a media voz y callar de modo estridente se ha hecho parte de nuestra identidad? En resumen, si el plagio literario te conduce al paraíso artificial de “El Comercio” y sus parásitos, ¿por qué resultan condenables los que, sin los pergaminos y la cultura de Bryce, esgrimen títulos inexistentes, diplomas imaginarios, certificados salidos de la fantasía? Si nuestros grandes hombres están más allá de la ley, ¿por qué los otros resultan examinados tan severamente? A ver si nos atrevemos a responder estas preguntas.
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martes, 2 de julio de 2019

BRYCE SIGUE MINTIENDO CON DESCARO


El pasado 18 de junio, bajo la firma de Manuel Morales, el diario "El País" publicó el artículo “Bryce Echenique se retira: No tengo pensado otro proyecto” en el cual se le pregunta “por el caso de los plagios de artículos de prensa, por el que fue condenado a pagar 42.000 euros en Perú, en 2009”, a los que el autor respondió: que recurrió y que la Fiscalía le absolvió “completamente”-  Fin del artículo.  
Es incomprensible que el periodista se haya limitado a copiar la respuesta sin haber comprobado si era cierta o no. Esta negligencia induce al lector a creer en la honestidad de Bryce cuando es bien sabido en el Perú que el 18 de julio de 2016 la Corte Suprema de ese país desestimó  su recurso.
Sobre este asunto véase el artículo “Alfredo Bryce, ya no podrás mentir” del prestigioso columnista peruano Fernando Vivas del también prestigioso periódico “El Comercio”, publicado el 26 de junio de este año 2019.


Este es el artículo de F. Vivas









miércoles, 22 de mayo de 2019

ESTOY LOCAMENTE ENAMORADO


Estoy enamorado, locamente enamorado, perdidamente enamorado. Nunca creí que se podía amar así. Por conseguir su amor estoy listo a realizar el acto más heroico o el más abyecto de los crímenes. Por ella me siento capaz de todo. Es que verla otra vez me ha desquiciado y más ahora que he estado tan cerca de ella. Esta vez no solo he podido sentir la serena respiración que exhala su cálido, atractivo y exótico aroma, también he escuchado, lo juro, los latidos de su corazón.  Creo que   he perdido la cabeza. 


¿Puedo contentarme con recordar su belleza con palabras? No, no puedo ¿Lo hizo Dante con Beatriz?  Dicen los eruditos que es imposible describir  una belleza así. Hay que contentarse con verla. Yo fui más lejos, me acerqué a ella y le susurré al oído el apasionado amor que le tengo  y  me entrega total, le dije: no te pido una vida entera, no, ni tú lo merecerías ni yo podría resistir tanta felicidad. Solo quiero pasar contigo una sola noche de amor, nada más. Ah…, que modo tan agradable sería dejar luego este mundo.  Nefertiti me respondió con delicadeza haciendo un leve movimiento con la comisura derecha de sus labios. Desde entonces no puedo dormir, esto no es vida. 


Herbert


Berlín. Neues Museo.

16 de octubre de 2006.


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