jueves, 4 de marzo de 2010

FILÌPICA 6. EL MIEDO DEL GRUPO SUPRANACIONAL

Inspirados en la clasificación de los países de acuerdo a sus emociones sugerida por los intelectuales Miösi y Todorov (ver Filípica 5), la sociedad peruana se dividiría en cuatro: Personas con miedo. Personas con apetito. Personas humilladas, rencorosas. Personas indecisas. Pero antes de hablar de ellas es necesario prestar atención al grupo de ejecutivos supranacionales cuyo miedo supera su ambición, que no es poca, y que han creado una cultura de temor que expanden por todo el mundo. La posibilidad de un levantamiento social los lanza a influir de forma decisiva en las decisiones políticas y económicas que se toman en un país como el Perú, frágil, sin conciencia política, desorientado.

LA CONVENIENCIA DEL MIEDO
Los integrantes de este grupo son los que verdaderamente detentan el poder económico y político del país y temen que puedan cambiar las cosas. Ellos son los presidentes de gigantescas corporaciones financieras, industriales, mineras, de comunicación, de energía, de salud y tantas otras, que no viven ni conocen el Perú, y lo más probable es que ni siquiera hayan venido de vacaciones, aunque esto no es óbice para decidir si invierten o retiran su empresa del país. Pero hay algo más: los accionistas de estas empresas son cientos de miles de accionistas anónimos y gerentes de fondos de inversión que compran o venden al menor rumor positivo o negativo. Parte del trabajo de la alta dirección de las empresas es convencer a sus accionistas que el país donde está la compañía es estable y su dinero está seguro. Y no solo el país sino también la región geográfica no corre peligro.
¿Cómo coordinan estos altos directivos sus decisiones sobre el Perú? De la manera más natural, sin conferencias secretas ni conciliábulos sospechosos. La alta dirección de las empresas está siempre comunicada entre ellas para tratar asuntos que pueden afectar a todos: un cambio de gobierno, el aumento del malestar social, el peligro de nacionalizaciones, las campañas contra la inversión extranjera, reclamos de sindicatos, de las ONG´s, de los ecologistas.
Si tomamos el caso de las recientes inversiones españolas, es natural que el Sr. Botín del Banco Santander converse con el Sr. González del BBVA sobre la conveniencia de apoyar o no la candidatura de Keiko Fujimori, Castañeda o de Humala en las elecciones de 2011; a los banqueros se pueden juntar los directivos de Repsol, Iberdrola o Telefónica con quienes además juegan golf o asisten a bodas o fiestas de cumpleaños, y a quienes también frecuentan en las asociaciones empresariales.
Los presidentes de empresas compiten duramente por una nueva concesión o una mayor participación del mercado y llegan a utilizar una amplia gama de triquiñuelas para lograr sus objetivos. Pero en lo que se refiere a asuntos nacionales son socios leales y honrados ya que eso les afecta a todos. Y si afecta a todos, también le atañe al país de donde proceden sus empresas, en este caso sería España, pero generalmente es Estados Unidos ya que sus compañías tienen una posición dominante en diferentes áreas, como el comercio, franquicias, minería, y un largo etcétera.
Ante la posibilidad de que algo pueda afectar a sus empresas, los gobiernos en cuestión ponen en movimiento a sus embajadas, consulados, agregados comerciales, servicios de inteligencia y toda la parafernalia de departamentos que tienen las grandes potencias. Claro que el círculo del miedo es más grande, los gobiernos y las grandes corporaciones controlan los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Internacional de Desarrollo, y si seguimos en esta serie de conexiones de los que tienen miedo a una revuelta popular, encontraremos que las universidades estadounidenses son financiadas por las grandes corporaciones, y de allí salen los intelectuales que evangelizan las ideas neoliberalistas y que, como los antiguos sofistas atenienses, tienen la capacidad de demostrar lo que les plazca. Un intelectual disidente y con ideas propias no tiene cabida en las universidades influyentes o es marginado como lo es Chomsky o silenciado totalmente como lo fue Filkenstain.
La rueda de intereses creados por los miedosos se alarga hasta el infinito: de allí parten los trusts o fundaciones que pagan becas de formación, organizan conferencias, consiguen “expertos”, difunden enorme información siempre parcializada, llenan los despachos de periodistas con boletines digeridos, revigorizan sus departamentos de relaciones públicas, subvencionan estudios, invitan políticos y periodistas a viajes exóticos, cruceros de lujo. Ofrecen el país de las maravillas a todo aquel de cierta importancia que cambie de opinión. En fin, controlan a los medios de comunicación local y extranjera a base de publicidad.
Si le interesa saber más sobre este asunto lea a los premios Nobel Paul Krugman y Joseph Stiglitz, o también al imprescindible Noam Chomsky, o a los periodistas John Mearsheimer y Stephen Walt. Noten por favor que todos son estadounidenses, y no pertenecen a ningún partido de izquierda.
Algún descreído podrá decir que esos intelectuales han elucubrado teorías sin sustento. Después de haber dirigido una de las empresas más poderosas del índice Down Jones puedo dar testimonio que no es así, quizá hasta se han quedado cortos.

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