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sábado, 23 de octubre de 2021

HACIA UNA NUEVA CONSTITUCIÓN, POR CÉSAR HILDEBRANDT

 Hidebrandt en sus Trece (lima), no. 562, viernes 22 de octubre, 2021

Con su histeria grafómana, sus simios en ristre, sus maldiciones de gitana, la derecha ha seña­lado el blanco. Ese blan­co es la Constitución fujimorista de 1993. Ese es el blanco que hay que abatir.

Necesitamos una nueva Cons­titución porque, precisamente, la derecha la ha convertido en santo grial. ¿Qué tiene de sacro e inmuta­ble un texto hecho en plena dicta­dura bajo el esquema thatcheriano de que sólo lo privado es bueno y que el Estado es un obstáculo para el emprendedurismo, la libertad y la plenitud de la democracia?

Con la Constitución de 1993 se hizo un himno al sálvese quien pueda y el concepto republicano de la igualdad ante la ley quedó en suspenso. El egoísmo se convirtió en norma, la edu­cación en negocio tramposo, la salud en opción inalcan­zable para los más pobres.

Boloña inventó las AFP y de inmediato se hizo accionista de una de ellas. Aeroperú se vendió a una mafia mexica­na para que LAN comprara los cielos del Perú a precio de protectorado.

Fue Milton Friedman cruzado con Tatán. Era Hobbes leído por Daniel Espichán. Era el reaganismo interpretado por Martha Chávez. Era Pinochet instalado, como Lynch 110 años antes, en el corazón de la política peruana. La derecha nativa amaba a Pinochet. Por eso se casó con Fujimo­ri. Por las mismas razones, hoy es viu­da gemebunda del patriarca y amante escarmentada de Keiko, su heredera.

¿Recuerdan el Congreso Cons­tituyente Democrático? Le decían el CCD y allí estaban el PPC (de Ce­mentos Lima y Lourdes Flores) y la amplia mayoría del golpismo cachaco de 1992: Cambio 90 y Nueva Mayo­ría. También estuvieron el partido de Rafael Rey, la angurrienta sigla de Femando Olivera, y algunas izquier­das ínfimas como los frenatracos, el CODE, el FREPAP y el SODE. Toda la oposición sumaba 37 votos. El fujimorismo, con sus fuerzas auténticas y las que se auparon en el camino, 43. No había nada que discutir: el provecto de Fuiimori de refundar un país dodnde la idea de la comunidad de intereses debía ser abolida, se cum­pliría escrupulosamente. La derecha encontró en el golpista de 1992 al hombre que andaba buscando desde el asesinato de Sánchez Cerro.

¿Quién presidió el CCD? Nadie menos que Jaime Yoshiyama, el que inventaría la doble contabilidad y el lavado con Ña Pancha de los dineros embarrados que recibiría la organiza­ción durante el imperio de Keiko.

¿Quiénes estuvieron a la cabeza de la Comisión de Constitución del CCD? El primero fue Carlos Torres y Torres Lara, el “jurista” siempre adhoc que pariría, cinco años después, la teoría de ‘la interpretación autén­tica” del artículo 112 de su propia Constitución, maniobra gansteril que le permitió a Fujimori la segunda e ilegítima reelección. El segundo fue Enrique Chirinos Soto, el parlamen­tario de “Libertad” que propuso vetar a Fujimori por su verdadera naciona­lidad (él sabía que era japonés) y que terminó de ujier oral del fujimorismo y de sicario del dere­cho para tumbarse a los tres dignísimos miembros del Tribunal Constitucio­nal que se opusieron a la “interpreta­ción auténtica”.

¿Quién fue el segundo vicepresi­dente del CCD? Rafael Rey, una de las voces de Willax, la Fox de los barracones. ¿Y el tercer vicepresidente? Víctor Joy Way, de cuyos tractores chi­nos tenemos tan metálico recuerdo.

Y jamás olvidemos que el CCD surgió después de que el Perú fuera un apestado en el escenario conti­nental. En esa condición nos había dejado el golpe del 5 de abril de 1992, un zarpazo que la derecha aplaudió a rabiar y que buena parte de los pe­ruanos, para vergüenza crónica de nuestra memoria, también avaló.

De esa polvareda de democracia en ruinas, primeros indicios de co­rrupción, empoderamiento visible de Vladimiro Montesinos y su banda de forajidos con charreteras, salió la Constitución de 1993. Y a pesar de la prensa reconcentrada y dominante, a pesar de la televisión que machacaba lo buena que era y lo terrible que sería rechazarla, a pesar de tanta vendimia a la espera de una recompensa, a pe­sar de la propaganda aplastante, a la hora de su aprobación el 47,76 % de los pe­ruanos le dijo a esa constitución creada por el fujimorismo que se fuera al de­monio, que no la aprobaba, que no la sentía suya. Dicen que cuando Fujimori se enteró del re­sultado final, se largó del salón donde estaba y tiró un portazo que hizo tem­blar goznes y piernas. ¡Habían sido apenas 333,265 votos de diferencia!

Y esa es la Constitución que el fujimorismo y sus descendencias quieren presentar como salida de una zarza ardiendo. Ahora resulta que Moisés Fujimori recibió la gracia de un encar­go pétreo e inamovible por los siglos de los siglos. Como si la pandemia no nos hubiese mostrado crudamente la miseria de salud pública que tenemos y la desigualdad intrínseca que hemos creado siguiendo a pie juntillas “el modelo constitucional”.

El mensaje está claro: podremos perder las elecciones, pero no nos podrán cambiar la Constitución. En resumen, no interesa quién esté en Palacio: lo que importa es que el Gran Contrato, la Constitución de 1993» no se cambia. Esa es la garantía que consideramos no negociable. Y si insistes, vamos a la guerra civil, al atoro de la ingobernabilidad, al periodicazo que te noquea cada 24 horas, a la encuesta que te escuelea, al dólar que zumba, a la calificadora que rezonga, a los transportistas que te pararán la sangre, al vargasllosismo de ecos ibé­ricos. Es decir, vamos con todo, cholo alzado, guanaco sin Harvard, igualado.

Soy un liberal más bien ti­bio en muchas cosas. Jamás creí en el comunismo y me siento apenas un socialdemócrata arrinconado por las dudas. Pero ahora veo este espectáculo del civilismo sa­lido del sarcófago, del urrismo llegado de los años 30 del siglo pasado, de los señores Larco y los señoritos Aspíllaga, y digo, a lo Romualdo: no puede ser verdad, pero hay testigos. Y añado modestamente: ahora, más que nunca, hay que cam­biar la Constitución que perpetró el fujimorismo. Habrá que hacerlo sin Bermejo y sin Cerrón, sin alaridos ni amenazas bolivarianas, sin ahuyentar capitales ni crear pánico, sin Bellido y sin fomentar la inflación o el resenti­miento social, pero habrá que hacerlo. Es casi un deber sanitario. Será librar­nos de la tutela “principista” impues­ta por una banda que saqueó el país y pudrió todo lo que rozó. No quiero la anarquía de un socialismo que jue­gue con el déficit fiscal y nos lleve a la ruina, pero también me resulta difícil soportar este clima de terror intelec­tual impuesto por una derecha que castiga la sola propuesta de cambiar algunas cosas. Es como si un hipnoti­zador malicioso no quisiera despertar a su víctima.

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viernes, 25 de junio de 2021

PARAR LA CONSPIRACIÓN, POR CÉSAR HILDEBRANDT

 

Hildebrandt en sus Trece (Lima), no. 545, viernes 25 de junio, 2021

 

El golpe de estado se está consumando.

Esta vez no hay tanques, milicos con metralleta en la esquina del congreso, casas rodeadas por la soldadesca.

Es un golpe distinto. Es un aporte imaginativo del Perú al golpismo de las derechas globalizadas.

Se trata de robarle la elección a Pedro Castillo, el profe chotano y mal hablado que pudo de­rrotar a la señora que encarna­ba todas las codicias de los que cortan el jamón.

Es trumpismo andino, como se me ocurrió decir hace tres semanas. Pero es trumpismo exitoso.

No toman el Congreso (capi­tolio) porque ya lo tienen en sus manos y, mientras tanto, arman un Tribunal Constitucional ad hoc que pueda servirles próxi­mamente en el caso de que la le­gitimidad de las elecciones vaya como tema a su jurisdicción.

No toman los periódicos por­que ya son suyos ni censuran a la televisión porque ya se encama­ron hasta la náusea con ella. Lo que hacen, más bien, es sabotear al Jurado Nacional de Elecciones que se niega a darles la razón. Lo que exigen es saber quiénes vota­ron por quién y lo que intentan es puentear y negar el trabajo de la ONPE a la hora del conteo.

 

Al mismo tiempo, su prensa anuncia baños de sangre y algunos militares en retiro, pensionados por un régimen especial que nada tiene que ver con las mise­rias de los civiles sometidos a la ONP y con la estafa de las AFP fujimoristas, salen a la calle con las espaditas que les sirvieron para impresionar a sus novias en las fiestas de etiqueta. Y ahora se suman los generales en retiro de la PNP, muchos de los cuales estuvieron metidos en desmanes presupuestarios y malversaciones todavía impunes.

 

La notoria procesada Keiko Fujimori está a la cabeza de esta operación. La derecha más chaba­cana, el fascismo menos letrado, la cutra en frac, el club de la cons­trucción, los que tienen expedien­tes abiertos y futuro en la sombra están con Keiko Fujimori.

 

Ellos asienten complacidos con cada paso que da el golpe de es­tado. Su esperanza es que el país trague ese sapo y que los milita­res hagan el trabajo sucio ante una nación sometida al terror.

 

La estrategia "electoral" del fujimorismo, líder otra vez de la derecha peruana, ya resulta irre­levante.

 

Primero trataron de decir que les habían hurtado votos. Después dijeron que a Castillo le ha­bían regalado votos fraudulentos. A estas alturas lo que piden es que todo se anule, lo que es tácita confesión de perdedores.

 

Lo que no aceptan es que Pe­dro Castillo sea ya el presidente electo del Perú. Lo que dicen es que si la candidata no ganó, en­tonces "tuvo que haber fraude". Es la Torre Trump construida por Graña y Montero.

 

No dirían eso, claro, si el gana­dor hubiese sido De Soto, López Aliaga o Acuña. No lo dirían si hu­biese sido Lescano. El problema no es que la eterna perdedora volvió a perder. El problema es que perdió ante el único candi­dato que "no debía ganar bajo ninguna circunstancia".

 

Eso es lo que piensa el empresariado ultraderechista que, hoy ni siquiera se siente re­presentado por la CONFIEP, acusada de tibia. Eso es lo que piensan los militares herederos del veto que privó a Haya de la Torre de la presidencia en 1962. Eso es lo que atienta el entorno prontuariado de Keiko Fujimori.

 

Digámoslo claro de una vez por todas: la jefa de una organización criminal --la definición es del fiscal José Domingo Pérez--, que sirvió para recaudar decenas de millones de plata negra, ha decidido subvertir el orden democrático después de perder su tercera elec­ción. Y a eso se están prestando la prensa despatarrada, un gran sec­tor del empresariado, el Congre­so, algunos militares en retiro que viven privilegiadamente gracias a los impuestos que se recaudan.

 

El fujimorismo, como siempre, es fiel a su ADN, al síndrome au­toritario y placentario que lo de­finió. Como el fraude no se pudo demostrar porque fue un invento surgido de la derrota, pues enton­ces hay que tumbarse al Jurado Nacional de Elecciones, en cuyas manos está proclamar al ganador. Y si el JNE se rehace y quiere se­guir calificando los pedidos de nulidad, pues entonces continuarán los recursos, las apelaciones a ins­tancias judiciales, los pedidos de reconsideración, los 'habeas data': la creatividad de los bufetes dedi­cados a blindar al hampa tiende a parecerse al infinito.

 

Mientras tanto, no hay presi­dente electo tres semanas después de la elección. Y el plan es --no lo olvidemos-- que no lo haya.

 

La operación tiene un cronograma pensado por algún SIN zombi que ha vuelto a probar carne humana y tiene hambre. Se trata de que el próximo y bicentenario 28 de julio sigamos sin gobierno en cuanto al poder ejecutivo se refiere. ¿Qué ten­dríamos? ¡El Congreso!

 

El plan es que en ese recinto, donde todo puede ocurrir, se elija como líder a alguien lo suficiente­mente audaz como para que, ante "el vacío de poder", asuma la pre­sidencia de la república de modo provisional y convoque nuevas elecciones. ¡Operación coronada!

 

¿Y las provincias desprecia­das? ¿Y la reacción de los casi nueve millones de peruanos que votaron por Castillo?

 

El cálculo es que ese "costo social" y político puede ser manejable. ¿Cuántos muertos se ne­cesitan para poner en jaque a un gobierno golpista que aducirá estar cumpliendo con la ley dado que el Jurado Nacional de Elecciones no pudo proclamar a un ganador?

 

Los opinólogos de la comparsa golpista recordarán que en 1962, ante la parálisis del JNE por las acusaciones de fraude impulsadas por los militares que habían vetado históricamente a Haya de la Torre, se dio el golpe de estado del 18 de julio. Hubo nuevas elecciones en las que Femando Belaunde obtu­vo el triunfo. Víctor Andrés García Belaunde, ahora encajado en las tesis del fujimorismo derrotado, debería repasar ese episodio.

 

Lo que no sabe Keiko Fujimo­ri es que si el golpe se produje­ra tal como lo hemos intentado describir, ella estará, al final, fuera del juego.

 

La derecha no volverá a apos­tar por alguien cuyo antivoto es como el peñón de Gibraltar. La ironía es que el golpe, tramado por sus secuaces y refinado por los uniformados, terminaría con la carrera de quien quiso imitar a su padre olvidando que una retroexcavadora no es lo mismo que un tractor hipocritón. Si la derecha la dejara en la cuneta, como podría suceder perfecta­mente, a la señora la esperan las lentitudes repetitivas de la chirona: nadie sabe para quién trabaja.

 

En resumen, dependemos del Jurado Nacional de Elecciones. El golpe "suave" se evitará si el JNE cumple su tarea a tiempo y, en nombre de intereses mayores que tienen que ver con la conti­nuidad democrática, analiza en racimos los pedidos de nulidad, los califica por patrones comunes y los resuelve en bloque según su propia jurisprudencia. La otra alternativa es que esa institución haga el ridículo de someterse al diluvio de papelería abogadil lan­zada por el golpismo y pase el 28 de julio "cumpliendo su deber": revisando, con ojos de presbicia y respiraciones entrecortadas, los cientos de recursos que tenían por objetivo sabotear, precisamente, su histórica misión.

 

 


sábado, 29 de mayo de 2021

¿VOTAR POR KEIKO FUJIMORI?



por César Hildebrandt

Hildebrandt en sus Trece (Lima), no. 541, viernes 28 de mayo, 2021


Antes, en los tiempos de los fustanes y los calzones con blondas, "El Comer­cio" decidía quién debía ser presidente de la repú­blica, quién tenía que pa­sar al vestíbulo de los que debían esperar, quiénes estaban proscritos y malditos.

El viejo diario, fundado por un chileno y un argentino en 1839, fue durante dé­cadas el filtro que usó la oligarquía para que ningún hereje se cola­ra en el elenco.

Y cuando algún intruso evadía los controles, entonces "El Comercio" soli­citaba a los militares el golpe de estado correspondiente. Así sucedió, como se sabe, con Guillermo Billinghurst, derrocado por el entonces coronel Óscar Benavides, el que más tarde fuera el canciller de hojalata más vistoso y reaccio­nario de nuestra his­toria. ¿Cuál fue el pe­cado de Billinghurst?

Bien sencillo: pensar en el obreraje, en los salarios, en el tamaño y el precio del pan.

"El Comercio" se enfrentó al Apra auroral -no la del ladrón suicida- con un odio infinito. No es que "El Comercio" detestara al Apra por­que no le gustara el estilo combativo de Haya de la Torre ni porque juzgara inapropiados sus ternos de provinciano ni sus temeridades sanmarquinas. "El Comercio" odió al Apra de nacimiento porque el Apra quería quebrarle el espinazo a la oligarquía y proponía una nueva sociedad.

Ese odio encontró una coartada en el asesinato de Antonio Miró Quesada y su esposa María Laos. Pero ese crimen reprobable ocurrió en mayo de 1935, tres años después de que "El Comercio" ce­lebrara los fusilamientos en masa en el Trujillo alzado de la revolución aprista. El diario más viejo del Perú estaba acostumbrado a que los militares mataran a quien fuera necesario. Y así lo demostró en 1948, cuando volvió a respaldar el gol­pe de estado del general Manuel Odría en contra de Bustamante y Rivero. Y cuando se calló en los siete idiomas de la cobar­día cuando los apristas poblaron otra vez las cárceles y cuando Luis Negreiros fue asesinado en plena calle.

Recordemos, además, que el golpe de Odría fue uno que concibió el otro gran diario de las derechas armadas del Perú: "La Prensa", de Pedro Beltrán, el hombre encargado de velar por los intereses de la oligarquía agraria y por las franquicias del capitalismo estadounidense.

En los años treinta, cuando Hitler ya era una amenaza mundial y Mussolini era el fascista que preparaba la invasión de Etiopía, don Carlos Miró Quesada Laos, subdirector de "El Comercio", escribía artículos alabando al líder nazi y sugi­riendo que el fascismo era la salida para la postración mundial brotada después de la crisis de 1929. Esos textos, que hoy avergüenzan a algunos de sus descendientes, fueron el prólogo del libro "Lo que he visto en Europa", publicado en 1940, y que es una abierta apología de la propuesta nazifascista.

Claro, si "El Comercio" había sido sanchecerrista y urrista y camisa ne­gra, ¿por qué uno de sus más notorios editorialistas no iba a encandilarse con el siniestro rigor alemán del Tercer Reich y el imperio romano resurrecto por el im­bécil de Mussolini?

"El Comercio" era el poder detrás del trono de esa republiqueta manejada por los barones del azúcar y el algodón. Los latifundistas de la sierra se hacían cargar en andas y los siervos besaban sus manos. El Perú era una novela vieja, un país varias veces vencido y todavía rentable para las élites.       

Cuando Belaunde candidateaba a la presidencia en 1962, "El Comercio" le dio cabida no porque creyera en su tibio reformismo sino porque estaba convencido de que él derrotaría a Haya de la Torre. Cuando Haya de la Torre fue el primero en esas elecciones, "El Comercio" fabricó la teoría de las elecciones ama­ñadas, instó a la Fuerza Armada a que interviniera y logró el golpe del general Ricardo Pérez Godoy en contra de Manuel Pra­do. En las elecciones del año siguiente (1963) fue elegido Fernando Belaunde, a quien la propaganda derechista terruqueaba a su gusto.

Si, porque la demonización es el método que la derecha peruana ha usado siempre para deshacerse de los que quieren un nuevo reparto de la torta. Hoy "El Comercio" es un capo obeso que tiene dos televisiones y una gavilla de periódicos. Tiene el 80% de ingreso publicitario de la prensa escrita y cerca del 40% de las ganancias del rubro televisión. Es un monstruo empresarial que no podría existir en ninguna democracia que vigilara el poder de la concentración empresarial y los oligopolios.

Y este conglomerado, donde sigue figu­rando en su directorio gente como Pepe Graña Miró Quesada, el gran amigo de Alan García y secuaz de Odebrecht, quie­re que votemos por una delincuente que desciende de un condenado a un cuarto de siglo de prisión.

No hay rubor alguno en la proposición. Se dice sin asco. Se esgrimen hasta asesinatos sin in­vestigar para justificar ese voto por la indigni­dad. Se dice que el Perú será un campo de bata­lla si la señora Fujimori no se sienta en el sillón presidencial. Y se habla de Venezuela a pesar de que todos sabemos que Castillo, por más primario que sea, ja­más podrá hacer lo que Cerrón quisiera con un congreso donde tendrá minoría (y donde volve­ría a tenerla, si quisiera cerrarlo después de dos censuras de gabinete).

Con Castillo vendría la incertidumbre y la ges­tión errática o mediocre. Pero del Castillo más du­doso podremos librar­nos jaqueándolo desde la prensa y el congreso.

Con Keiko Fujimori, ya sabemos de qué linaje hablamos. Será el mis­mo plan que borró a las instituciones, que sembró el miedo para blandir la mano dura enderezadora, que compró o intimidó a la oposición, que aduló o alquiló a la prensa, que subvirtió el Tribunal Constitucional, que hizo del dinero público arca encontrada para los forajidos a su servicio. Será la metástasis de un proyecto dinástico que ya nos en­sució. Lo que "El Comercio" y los suyos no entienden es que no votar por Keiko es un asunto de dignidad nacional. Votar por la hija de quien engañó al país es rendirle un homenaje a la indecencia, es condonar lo sucedido, es amnistiar ya no a Alberto Fujimori sino a los Colina, a Beto Kouri, a Montesinos. Es olvidar, con espíritu cómplice, que el señor Fu­jimori huyó de este país y se refugió en Japón, donde sacó su verdadero pasa­porte y quiso ser senador. ¿Somos tan acomplejados en el Perú como para votar por quien encama toda esa pesadilla y la sigue llamando “el mejor gobierno de la historia”? ¿Llegaremos a eso?

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sábado, 15 de mayo de 2021

VARGAS LLOSA Y LA SEÑORA FUJIMORI POR CÉSAR HILDEBRANDT

 

VARGAS LLOSA Y LA SEÑORA FUJIMORI

por César Hildebrandt

Hildebrandt en sus Trece (Lima), no.539, viernes 14 de mayo, 2021


Mario Vargas Llosa in­vita a Keiko Fujimori a un congreso inter­nacional en defensa de la democracia. ¿Se imaginan algo peor que esta bazofia?

Yo tenía la idea de que Vargas Llo­sa había encontrado el último peldaño del pozo en el que se sumergió desde que se hizo parte de las redes corrup­tas de la derecha española, pero estaba equivocado. Hay todavía nuevos subsuelos que explorar, al­cantarillas más profundas, sentinas más novelescas. Con la fundación que le bancaron los dineros de la corrupción del Partido Popular, Vargas Llosa --convertido otra vez en aquel Varguitas huachafo que tan bien describió la tía Julia-- or­ganiza en Quito un debate sobre los peligros que amenazan a la demo­cracia y para hablar de asunto tan importante invita, entre otras per­sonalidades, a Keiko Fujimori.

¿Qué tiene que decimos Keiko Fujimori sobre ese tema? Pues bas­taría con que contara, brevemen­te, la vida sucia de su padre, o que decidiera hablar de su propia vida de primera dama trucha sostenida con dinero que le daba Montesinos. También, para ser justa y equita­tiva con el resto de la familia, po­dría hablar de la miseria moral de su hermano Kenji, del carácter de traficante de divisas y encubridor de dineros negros de su tío Víctor Aritomi, o de la naturaleza de picabolsos crónica de su tía Rosa. Y quizá debe­ría añadir la experiencia de su amigo del alma Jaime Yoshiyama, capo de la Yakuza limeña y exsecretario general de la pandilla. ¡Cuántas historias por contar!

¿Cómo puede haber llegado Vargas Llosa a estos niveles?

No me sorprende. Si el mal gusto conduce al crimen, como decía Saint John Perse, el neoliberalismo adop­tado como religión pagana y obsesión maniaca resbala hacia el fascismo.

Vargas Llosa no vive en el Perú. Es un marqués español que carga con un hijo que tiene habilidades diferentes y que es el que lleva el amplificador, la mensajería y la intendencia. Su interés no es que el Perú se salve del comunis­mo, peligro que no es ni siquiera remo­to en este momento, sino que el Perú no se salga del modelo.

¿En qué consiste ese modelo? En primer lugar, en seguir siendo los churrupacos de toda la vida uncidos al carro victorioso de los Estados Uni­dos. En segundo lugar, en preservar la Constitución fraudulenta de 1993, obtenida con tanques, trampa electo­ral y deserción de las fuerzas políticas más importantes de aquella "asamblea constituyente". En tercer lugar, en condenar a los pobres del Perú a una discriminación permanente. En cuarto lugar, en satanizar el Estado, excepto cuando se trata de salvar a bancos pri­vados de la bancarrota o de subsidiar la minería con impuestos bajos. Y podríamos seguir, pero sería aburrido. La síntesis es esta: el "modelo" que defiende Vargas Llosa es aquel que te hace creer que vas rumbo a la OCDE, apuradito al desarrollo, ufano a la co­munidad de países exitosos, cuando, de pronto, maldita sea, surge una pan­demia y se te caen pantalones y calzo­nes y todo el mundo ve que no tienes sistema de salud, no tienes Estado ni para las emergencias, no tienes sino desigualdad guarda­da bajo la alfombra. ¡Eras una farsa y te descubrieron!

Ahora se ve que Vargas Llosa fue un fujimorista encubier­to. Le dolió, sí, la derrota, pero, en el fondo, jamás le molestó que el chino de la yuca y del tractor hiciera con el Perú lo que Reagan y la Thatcher le recomendaban hacer a la servidumbre mundial.

Lo único que le importa al marqués de "Hola" es que el Perú no desacate el orden impuesto y que la derecha pe­ruana no se vea enfrentada a una pode­rosa alternativa distinta. Por eso apoya a Duque, a Lasso, a Keiko Fujimori.

Si para mantener la situación, deben salir los uniformados y sus fuegos, pues que vengan y disparen. Vargas Llosa prefiere la sangre al intento de algún cambio. Por eso opta por quien como Keiko, más allá de compromi­sos firmados y promesas solemnes, representa la mano dura de una nue­va alianza entre civiles conservadores y militares corrompidos, coalición que fundaron Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos en 1990.

Mi amigo Víctor Hurtado me envía esta frase: "Yo votaré por Pedro Castillo ya que prefiero la incertidumbre al crimen". Quizás sea cierto. Castillo es la cólera en tropel y mal hablada y un gobierno suyo puede ser un desastre. Pero sabemos que de Castillo podemos libramos y que entre sus escasas facul­tades no está la de deglutir institucio­nes, cambiar minorías en mayorías o depravar a la justicia.

Todo el ADN del fujimorismo, que Keiko Fujimori interpreta con pasmosa minucio­sidad, está signado por la sordidez. Con el fujimorismo no es posible hablar de com­bates democráticos, polémicas congresales, pugna de poderes. Su padre la amaestró en el arte dudoso de infectar­lo todo para gobernar sin sobresaltos. Y eso es lo que respalda el señor Vargas Llosa a estas alturas de su vida.

Dicen que el antifujimorismo es producto del odio.

No es cierto.

El antifujimorismo es un mecanis­mo de defensa cuyo propósito es preservamos como país.

Si amas a este país desgarrado, con­tradictorio, tantas veces intolerable, entonces lo que debes hacer es no vo­tar por quienes lo hicieron peor y aun ahora lo quieren empeorar. Porque no olvidemos que, como lo demuestra Vargas Llosa, siempre es posible ahon­dar en la infamia.

El fujimorismo no es una corriente política ni una doctrina de derecha. Si eso fuera, merecería todos los res­petos. El fujimorismo surgió ante el fracaso de los partidos y el reto sanguinario que Sendero Lumino­so había planteado a la sociedad peruana. Pero lo que pudo ser una emergencia justificada, un parén­tesis autoritario de estirpe romana para reconstruir el país, Fujimori lo convirtió en cheque en blanco y, a partir de esa autorización presunta, construyó un régimen que no tuvo límites ni escrúpulos y que destruyó el poco tejido institucional que nos quedaba después de la experiencia de García y la guerra impuesta por el senderismo.

Fujimori pudo ser el gran pre­sidente que nos reconcilió con la economía real y que detuvo el andar de Sendero. Pero rechazó esa idea y enfermó de mesianismo. Luego entendió que una manera de pro­longarse en el poder era corrom­piéndolo todo y corrompiéndose a sí mismo. El resto es la historia que podría escribir Vladimiro Montesinos y que podría suscribir Keiko Fujimo­ri, la mujer que reemplazó a su madre cuando esta fue expulsada de Palacio después de denunciar la venta clan­destina de ropa donada y la apropia­ción ilícita de millonarias donaciones venidas del Japón.

El fujimorismo no es un partido po­lítico. Con el patriarca Alberto Fujimo­ri llegó a ser --a las pruebas judiciales me remito-- una banda de asaltantes del Estado. Y con Keiko reinando en el Congreso en 2016, el fujimorismo, con Becerril y Bartra a la cabeza, fue lo que todos vimos: una corporación rencorosa que dio un golpe de Estado blando y gobernó desde la plaza Bolí­var, con todo lo que eso supuso para la estabilidad democrática. ¿Se imaginan a esa gente --los Baca y las Lozada-- en Palacio de Gobierno?

Reto a Vargas Llosa a que venga a vivir al Perú si es que su candidata favorita obtiene la presidencia. Que venga con toda su nueva familia. Que deje Puerta de Hierro y se instale en Barranco. Quizá allí pueda escribir, finalmente, algo parecido al arrepentimiento.

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sábado, 17 de octubre de 2020

EL CADAVER EXQUISITO DE "CARETAS"

 

EL CADÁVER EXQUISITO DE CARETAS

 

por César Hildebrandt

 

Hildebrandt en sus Trece (Lima), no. 511, Lima, viernes 16 de octubre de 2020

 

 

Se ha muerto Caretas de vejez y soledad. Es decir, de muerte natural.

 

Fue el lugar donde empecé a amar lo que había hecho hasta ese momento para ganarme la vida. Fue el lugar donde contraje el covid invencible del periodismo. Fue el lugar donde pude trabajar 12 horas diarias sin chistar y 36 horas seguidas sin dormir. Entré a los 23 y fui su jefe de redacción durante demasiados años.

Caretas ocupaba unas oficinas malévolas en Camaná 615, al 308. Se subía por un ascensor que olía mal y hacía sonar sus cables y se llegaba al local donde Enrique Zileri hacía posible que el periodismo fuera algo más aventurero y mejor escrito.

 

 

Pero Caretas era quincenario y ese era un problema serio. Nuestras notas se avejentaban antes de tiempo y las que se imponían en los días previos al cierre debíamos hacerlas a prisa y sin recursos. Era un desastre. Fue el que escribe estas líneas, como se decía en el siglo pasado, quien convenció a Zileri de que debíamos ser un semanario y fajarnos cada día para mantener la temperatura de los vivos. No más inactuales zombis, entonces. No más fotos demandando leyendas que se hacían pasar por reportajes minimalistas. No más pesadas columnas de señorones. Pero, eso sí: siempre alguna calata. Y para siempre el humor, el recurso a la ironía, el ingenio en salsa criolla que era lo que Zileri le había dado a Caretas. Y mucha chamba, zafarrancho de combate, plazos que se cumplían como partos, sinfonías de carajos, humo de tabaco y ninguna droga recreativa.

A Caretas uno entraba a envejecer, a buscarse un infarto, a hacer doscientas llamadas telefónicas para confirmar un dato o chequear el dicho de una fuente. Era el placer febril de unos putos que tenían la fe de los benedictinos y escribían con dos dedos, y a toda velocidad, sobre sus máquinas Olympia. Eran los tiempos maravillosos en los que no había celulares ni computadoras ni wikipedias ni la virtual baratura enciclopédica que ahora puede mostrar como informado (y hasta culto) a cualquier palurdo. Si no te habías quemado las pestañas en la juventud tragando libros como un huésped de manicomio, fregado estabas: se iba a notar en las reuniones de producción, en tu mirada bovina ante el comentario de una obra, en cómo diablos usarías los modos subjuntivos. No estaba Google en tu telefonito para sacarte de un apuro mientras finges ir al baño y vuelves con la respuesta ilustrada.

 

 

En Caretas éramos pocos, muy pocos, muy pobres, y hasta la abuela paría. La abuela era Doris Gibson, esa mujer subida de tono que había sido amante de Sérvulo Gutiérrez, compañera de Francisco Igartua --el orden nunca lo supe bien-- y madre de Enrique después de haber tenido un asunto de polendas con un diplomático argentino apellidado Zileri y estacionado en Lima. Doris había dominado el mundo de la publicidad, la moda, el recurseo del más alto nivel y había fundado Caretas junto a Francisco Igartua, el entrañable vasco misterioso y ajeno que jamás fue feliz. Doris puso el punche financiero y Paco Igartua puso el periodismo. Cuando Zileri regresó al Perú después de vivir en los Estados Unidos, país que atravesó en moto y con el billete medido y donde después trabajó en una agen­cia publicitaria, Igartua sintió que las cosas se ponían difíciles y se fue de Caretas. Allí fue que refundó Oiga, que era más vieja y que tenía mucho más de política y cultura. Cuando yo llegué a Caretas la mejor época de Doris había llegado a su fin y lo que había en ese entonces era una guerra de madre y señor mío.

 

Doris bajaba desde su octavo piso legendario, donde se hacían las fiestas de espérame en el suelo, corazón, si es que te vas primero, y entraba con su paso de duquesa y su vestir elegante y la belleza antigua que definía sus facciones.

 

Muchas veces entraba a inspeccionar sus dominios en son de paz y hasta con una sonrisa que repartía del modo más equitativo posible. En otras ocasiones, sobre todo cuando había bebido más de un whisky, caminaba haciendo tocar sus tacones lejanos y se en­cerraba con su hijo a librar las batallas que sólo Max Hernández habría podido moderar. Parecían odiarse, pero yo sé que se amaban. Era el amor contuso de un niño que fue enviado a Chile a estudiar en un liceo y el de una madre que, de algún modo, se sentía culpable por haber sido tan distante. El pretexto para pelear no escaseaba nunca, pero el que más los enfrentaba era el tono de las páginas sociales, que debía ser el coto cerrado de Doris. Enrique quería que allí se contaran las cosas que de eras sucedían en el mundo de los espectáculos, los eventos fiesteros o culturales y la farándula. Doris tenía decidido que en esas páginas, bautizadas como Ellos y Ellas, reinarían siempre sus amigas con sus respectivos anexos. Cuando las voces llegaban a ser horrísonas, se mandaban recíproca­mente a la mierda. Y cuando Gettysburg era moco de pavo y el bombardeo de Dresde poca cosa, entonces se mentaban la madre. Pero este hijo matricida y esta madre filicida se querían. Lo que pasa es que habían entendido, en algún recodo de alguna pesadilla vagamente edípica o incestuosa, que el amor podía ser cruel, intermitente, procaz. Ambos amaban el espectáculo de los toros y ambos estaban seguros de que el amor podía parecerse al ciervo que está en la mira de un ca­zador y escapa a último momento. El amor continuo debía parecerles un aburrimiento. La placidez, una tentación mediocre.

 

 

Pero allí estaba Caretas, cada día mejor. Dictábamos la agenda, no me digan, y éramos la envidia de la compadrería churrupaca. Llegamos a vender 50,000 ejemplares con la entrevista exclusiva a Velasco Alvarado y otros 50,000 con el fusila­miento del suboficial Julio Vargas Garayar, espía chileno enquistado en la FAP. Aprendimos que en pe­riodismo no vale que la historia la cuentes sin gracia, como si de una ayuda memoria se tratara. La mejor de las pepas podía ser asesinada por un sicario del idioma. Era la histo­ria, es cierto, pero también el modo como se contaba. Aprendimos lo básico, lo más olvidado hoy por la prensa en harapos: que el instrumento del periodista es el lenguaje. De modo que todos íbamos al teatro de Caretas a cumplir nuestra función de jazzeros, a ver quién podía impro­visar mejor, a quién le tocaba esa semana el aplauso mayor. Sí: era una deliciosa y feroz competencia de alumnos pretenciosos de Charlie Parker. Y todos éra­mos músicos del mejor idioma que pudiésemos solfear. Cuando teníamos una duda --y vaya que las teníamos a mares-- nuestra última opción era César Lévano, que hacía del chamán yaqui de Sonora que ilustró a Carlos Castañeda sobre el arte de la sabiduría. Lévano cogía la cuartilla, pensaba un instante, hacía una pregunta y daba su veredicto. Nadie jamás le discutió algunas de sus sentencias. Eso era Caretas: la inteligencia antes de que esta fuera artificial. Pero era más que eso: fue la escuela de la investigación, del dato contrastado, del cruce de fuentes, y dejó también el legado de que el pe­riodismo no es tal sino es visto con el ceño fruncido por el poder. Todo esto sin perder la perspectiva divertida de las cosas, la sonrisa escéptica frente a las solemnidades y los desmanes de la vanidad.

 

Caretas ya no está. Un poco de nosotros se ha desvanecido con esa desaparición. Parte de mi memoria se ha ido en ese remolino de papeles que la muerte ha soplado.